miércoles, 23 de marzo de 2011

UNA LECCION DE FUKUSHIMA


(Publicado en la sección de Opinión de La Vanguardia el miércoles, 23 de marzo de 2011)




Cuando escribimos se cumplen nueve días desde que un cataclismo natural abriese la caja de Pandora de las pesadillas que la ficción fílmica y literaria ha soñado en el último siglo. Y, en concreto, las que desde la hecatombe de 1945 han tenido a Japón como escenario.  A día de hoy resulta probable que se haya consumado un grave accidente cuando este texto vea la luz; y sólo posible que los operarios que se juegan la piel para aplacar Fukushima logren confinar al genio atómico en su arcón. Sobra añadir que, de cumplirse lo primero, se habrá desatado una calamidad sin apenas parangón, cuya gravedad oscilará entre el horror de Chernóbil y la devastación que remató la Segunda Guerra, cuando el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki sumó cerca de 150.000 muertos y una legión de heridos, amén de secuelas que todavía duran. Sea cual fuere su desenlace, empero, el presente trance deber suscitar una meditación que rehúya tanto el catastrofismo como la frivolidad, y que ante todo alumbre el hondo sentido de lo que ocurre en Fukushima, esa ominosa terminal de una civilización cegada por el mito del Progreso y la tecnolatría.

Entre otras posibles, el desastre en ciernes insinúa una lección que, más allá del debate nuclear, la Humanidad debería asumir so pena de que el sueño de su razón siga forjando monstruos, como expresó Goya en su aguafuerte preclaro. Una enseñanza sapiencial que no emana del acervo tecno-científico de que dispone, sino de una antigua pero nada caduca herencia que los presentes sistemas de instrucción empujan al olvido. Los mitos de Occidente y Oriente lo ilustran a modo: a instancias del Diablo, Adán y Eva muerden el fruto del árbol del conocimiento, y son expulsados del Paraíso; Prometeo arrostra un castigo feroz tras robar el fuego de la vida a Zeus y dárselo a los humanos; Nemrod porfía en alzar un colosal ziggurat, cuya cúspide rete a Dios en su mismo cielo, pero éste lo destruye y trueca el idioma común en una Babel de lenguas; Dédalo implanta a su hijo Ícaro unas alas que lo elevan a las alturas, tanto que el sol derrite la cera que fija las plumas, y el joven se desploma al suelo en picado.

Del Génesis bíblico a Godzilla y El planeta de los simios –pasando por el Fausto de Goethe y Mann, el Frankenstein de M. Shelley o El aprendiz de brujo de Dukas–, la añeja lección enseña que ese arrogante desafuero contra los humanos límites que los griegos llamaron hybris ese pecado de endiosada soberbia, en la tradición semita– se cobra siempre una factura impagable. Séase creyente, agnóstico o ateo, tales mitos sugieren una acientífica aunque abisal sabiduría acerca de los límites del poder y conocer que refuta la fe tecnocrática en boga. Pero también, al tiempo, narran y lamentan que el ser humano –ambiguo, indigente, ignorante a fuer de racionalista, casi siempre miope– a duras penas se muestre capaz de asumirlo. El frágil animal fantaseador que somos, en lúcido dictum de Nietzsche, tiende a vivir embriagado por una voluntad de poderío que le lleva a crecer, multiplicarse y extender su férula sin tasa, y a creer a pie juntillas en ilusiones y espejismos de toda especie. Ni ángel ni bestia, según Pascal, se sueña no obstante Dios, y busca endiosarse a cualquier precio, embargado por una primordial idolatría en cuya entraña –como sugieren la caverna de Platón, el velo de Maya hunduista, La vida es sueño de Calderón o la película El show de Truman– vive sin darse cuenta.

Desencadenada por la naturaleza, la calamidad que acaba de azotar Japón es en sí inevitable. Pero la fisión atómica que amenaza desbocarse en Fukushima podría precipitar un impredecible cataclismo, riguroso fruto de la cultura y la acción –y omisión– humanas. Erigida sobre una inquieta falla tectónica por el único país que ha padecido el infierno nuclear, sus reactores no sólo encierran un posible –e irreversible–  apocalipsis, sino una enseñanza implacable. A lomos de la opulencia tecnológica, la Humanidad extiende su imperio a casi todos los rincones de la naturaleza y la vida. Y sin embargo, ebria de esa compulsiva ansia que parece catapultarla más alto aún, no repara en que la ilusión de progreso puede resultar en regreso. Ni tampoco en que el desafuero económico, biopolítico y medioambiental que la globalización fomenta deriva de su hybris sempiterna, que sólo una sabiduría basada en la autolimitación, la sobriedad y la mesura podría domeñar acaso. 

Como Chernóbil, Haití, el Mar de Aral o Bhopal, la tragedia que se cuece en Japón –en apariencia remotamente improbable– merodea los peores augurios. Pero también revela el envés del imperio neocapitalista y depredador que los grandes poderes promueven, y del que casi todos los súbditos y ciudadanos de sus regímenes, en mayor o menor medida, acabamos participando. Fukushima es un nodo en llamas de la tupida red tecnoindustrial que nos brinda comodidades, lujos y ensueños sin riendas, al precio de socavar los mismos cimientos naturales y culturales del limitado acomodo material que con juiciosa prudencia y contención –buscando una vida buena, y no sólo la buena vida– deberíamos reservarnos. El mundo entero precisa acometer una revolución igualitaria y austera, un cambio de paradigma civilizatorio resumible en el viejo adagio latino Ne quid nimis: “Nada en demasía”.


Lluís Duch y Albert Chillón

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