martes, 26 de noviembre de 2013

"LA GLOBALIZACIÓN DE LA INDIFERENCIA"

(Artículo publicado el 2 de agosto de 2013 en La Vanguardia por Lluís Duch y Albert Chillón)



El establecimiento político y sus medios de conformación afines convierten en espectáculo cotidiano sus cambalaches y corrupciones, sus rencillas partidistas y éxtasis futboleros, amén de las idolatrías identitarias que Lluís Foix denomina El Tema, espejismo que exalta la decisión de una presunta comunidad homogénea cuando la heterogénea sociedad menos decide y cuenta. Y, mientras tan amenos entremeses colman el escenario, la obra principal sigue consumándose entre bastidores y dando la razón a Marx, mal que les pese a demasiados: el sistema económico, político, cultural y moral que llamamos “capitalismo” produce sistémica desigualdad, desempleo y pobreza; especula a costa de pobres y parados para bajar los salarios de quienes se desviven por conservar su empleo, es decir, para reducir su valor de cambio de mercancías; y aprovecha las crisis económicas que propicia, como ocurre con la colosal que sufrimos, para desmantelar las conquistas de las clases subalternas, amedrentadas mediante shocks alevosamente orquestados.
Además de imponer tan abrumador dominio, la égida neoliberal se ha adueñado del campo ideológico, hasta el punto de estigmatizar a los pobres y miserables que fomenta. Es la “demonización de la clase obrera” denunciada por Owen Jones en su libro Chavs, de subtítulo homónimo. Es, en suma, la apoteosis de una globalización darwinista que, según Robert Castel, degrada las garantías del empleo, víctimas de la feroz desregulación que está acabando con los acuerdos que atenuaban las diferencias sociales; acentúa el “individualismo negativo” y la hostilidad entre clases, colectivos y estamentos; y genera, por último, un expansivo contingente de “inútiles-normales”, sujetos que la ortodoxia tilda de marginales de imposible integración, una vez consolidan su desplome.
Hoy sabemos que la mutación en curso ha enriquecido a una minoría impune e inmune de la población, ha empobrecido notablemente al sector todavía superviviente de las clases medias y, sobre todo, ha desgajado de éstas a una vasta porción de ciudadanos que anteayer se soñaban prósperos, a lomos de la ficción financiera, y hoy se debaten entre la menesterosidad y la miseria.  La tasa de paro lleva camino de alcanzar al 28% de la población española, la capacidad de respuesta de los diversos sistemas de protección social está al límite, y el riesgo de caer en la pobreza acecha al 30% de los ciudadanos. Según la Cruz Roja, el 41% de ellos tiene deudas por impago del alquiler o la hipoteca, el 48% se halla en riesgo de perder su vivienda y, por si fuera poco, el 16% ni siquiera vive ya en la que fue “suya” y lo hace ahora con parientes o amigos, cuando no ocupando viviendas ajenas.  Tan amenazadora resulta semejante exclusión que las patronales acaban de pedir al Estado un ingreso mínimo garantizado que la mitigue, demanda que hasta la fecha sólo habían formulado partidos, sindicatos y entidades de izquierdas.
         Consciente de las calamidades que aquejan a los inmigrantes africanos que arriesgan –y a veces pierden– sus vidas con tal de alcanzar las costas de la isla de Lampedusa, el papa Francisco los visitó hace poco para mostrarles su solidaridad y lanzar una advertencia sobre la catástrofe humana que encarnan. “Hemos caído en la globalización de la indiferencia”, advirtió en su alocución, sin duda consciente de que esa lacra –que al cabo desemboca en la invisibilidad– es una de las mayores humillaciones que cualquier persona puede sufrir: no sólo la negación de su rostro, identidad y derechos, sino la de la humanidad entendida como fraternidad entre iguales.   

         Esa globalización de la indiferencia alimenta una atmósfera tóxica que hoy se respira en todos los ámbitos sociales, de la política a la religión, de la educación a la sanidad, de la economía a las costumbres. Y es una de las más alarmantes expresiones del proceso de mundialización, basado en la reducción de las diversas facetas que integran lo humano al economicismo crudo –no a la economía entendida como recto gobierno del hábitat de todos, naturaleza incluida.  “El hombre es un lobo para el hombre”: el célebre dictum de Hobbes campa por sus respetos, y apenas topa con traba alguna.  En nuestra época, los Estados y sus Gobiernos administran los intereses de la constelación transnacional de poder, cómplices de un sistema mundial que ya no cabe describir como totalitario, al viejo estilo, sino como totalista, porque tiende a subsumir la pluralidad humana en un patrón único de acción y discurso. Quebrado el espinazo de las izquierdas –cuyas desertada misión sobrevive en la loable labor que realizan las entidades integradas en el llamado Tercer Sector, ni que sea a duras penas–, los antaño pujantes movimientos sociales se han disuelto en un narcisismo de doble rostro: de un lado, el narcisismo individualista, humus del posmodernismo; y de otro, un narcisismo identitario basado en la exaltación de las diferencias menudas, al decir de un Freud consternado por la implosiva fragmentación de Europa. Metódicamente generada por el desaforado capitalismo, la nueva pobreza resume la quiebra económica, política y moral en curso. Y permite advertir, a tenor de las respuestas y silencios que suscita, cuál es la índole de las disputas –y de El Tema– que hoy electrizan a las multidudes y a sus portavoces.

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