viernes, 25 de marzo de 2016

        LA DESHUMANIZACIÓN DE LA UNIVERSIDAD




Cada cinco años más o menos, con exasperante cadencia, los gobiernos de turno cambian la legislación que regula las instituciones educativas.  Ahora mismo, como es sabido, se cierne sobre la Universidad el sistema 3+2 en lugar del 4+1, vigente desde que hace un lustro escaso empezó a implantarse la infausta directiva de Bolonia. Al mirar atrás, los docentes veteranos no acertamos a inventariar las demasiadas reformas que se han sucedido desde 1978, aunque sí a percibir sus perjuicios. Y muchos concluimos que cada una de ellas, lejos de resolver los defectos y carencias de la institución, ha ido agravando su decadencia, por más que las consignas de excelencia que sus gestores propagan traigan nuevos daños y cegueras.  A este respecto se queda corto el conocido adagio que Lampedusa consagró en el El Gatopardo:  no se trata ya de que todo cambie para permanecer, sino para empeorar sin freno.





La quiebra epocal que se manifestó en 2008 no ha hecho sino catolizar ––y justificar con persuasiva coartada–– una deriva incubada mucho antes, cuando menos en los en apariencia prósperos años noventa. A la sazón, como el lector recordará, las universidades autóctonas aumentaban a matacaballo sus sedes, titulaciones, plantillas y estudiantado, en una espiral consonante con la que vivía el país y un Occidente que parecían haber alcanzado un presente de seguridad y bienestar garantizados, hasta el punto de trocar las modernas utopías de futuro en pintorescas antiguallas.  Soñada por casi todo dios con los ojos abiertos, la ilusión consistía en dar por descontado que la caída del sovietismo, sumada a la irresistible pujanza del neocapitalismo financiero a lomos de la tecnología digital, habría jubilado los añejos utopismos a fuerza de consumar sus metas.
            
Entonces llegó la apoteosis de la apariencia: la historia y la lucha de clases habrían concluido; el capitalismo global sería el mejor ––y el único–– de los mundos posibles; y la sociedad entera, en consecuencia, se habría tornado tan transparente y obvia como irrelevante el empeño de pensar. ¿A santo de qué seguir abrevando en las fuentes y tradiciones de la cultura para cultivar la reflexión y alumbrar, mediante la interpretación y la crítica, los oscuros bastidores del gran teatro del mundo? ¿Para qué educar la capacidad de empalabrar, imaginar y dudar de los ciudadanos? ¿A qué fomentar su comprensión de la experiencia humana pasada, presente y futura si solo había ––era un suponer–– una realidad totalista e inalterable en sustancia, a la que no cabría oponer alternativa? 
            
Fue así, obnubilados los poderosos y buena parte del personal por la nueva fe ultraliberal, como las humanidades y los saberes críticos fueron condenados a galeras.  Y así como el grueso del sistema educativo fue tácita o abiertamente instado a sacrificar sus más altos fines pedagógicos en aras de una instrucción embrutecedora, empeñada en reemplazar la cultura ––el cultivo de lo humano–– por el aleccionamiento; la capacidad creativa de pensar y hacer, por ramplonas competencias y habilidades; la formación de ciudadanos dotados de criterio y libre albedrío por el amaestramiento de súbditos ignorantes; el kantiano “Atrévete a saber”, en suma, por ese tramposo “Atrévete a emprender” que resume la cínica ideología imperante.
           
La sibilina absorción de todas las facetas del vivir por el capitalismo totalista está arrebatando a la Universidad, y al entero sistema educativo, sus más valiosos procederes y metas; degradación sistémicamente alimentada por la burocracia, desde luego, pero también por muchos de sus integrantes ––alumnos, docentes y autoridades––, sea por pacer en la inopia, sea por complicidad negligente o activa. Antaño restringida a la esfera empresarial y financiera, la jerga tecnocrática se ha adueñado ya del habla de la mayoría de ellos, obcecados en cumplir objetivos cuantificables en detrimento del incuantificable aunque cualificado sentido que deberían prestar a la praxis pedagógica. Usuarios de un tinglado cada vez más elitista e inasequible, una porción creciente de estudiantes se comportan como clientes matriculados, mientras incontables profesores dejan de profesar en beneficio de la instrucción burda. Obsesionados por descollar en los escalafones internacionales, los responsables universitarios fomentan la investigación administrada subordinada a la industria y al mercado, en menoscabo de la que deberían poner al servicio de la sociedad misma. A mayor gloria de la “transferencia de conocimiento” a las empresas, la misma docencia es rebajada a la condición de labor secundaria, como si el vínculo pedagógico con los discentes ––dialogante, elocuente y presencial–– no constituyese, de hecho, la transmisión de saber más indispensable. Y una institución crucial, secularmente distinguida por la humanizadora integración de saberes (uni-versidad) y por el cultivo de la virtud cívica, se degrada en poli-versidad disgregadora, donde la barbarie de la especialización hace su agosto y la deshumanización agosta a los ciudadanos.

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