jueves, 17 de febrero de 2011

"LA INDUSTRIA DEL MIEDO"

(Publicado por 'La Vanguardia' 3l 13 de febrero de 2011)




Inseparable de la condición humana en todo tiempo y lugar, el miedo adopta en nuestros días rostros inéditos, que se añaden a los que históricamente –por mor de guerras, coerción, epidemias o penurias– han afligido a los sujetos. El mundo posmoderno y globalizado ha sido descrito por Ulrich Beck como una sociedad del riesgo donde se esfuman los valores, patrimonios y certezas que hasta hace poco parecían intocables; y donde “todo lo que es sólido se desvanece en el aire”, en lúcida profecía de Karl Marx. Una época desazonante e imprevisible, en vertiginosa aceleración, en la que cada quien se siente huérfano de las presuntamente fiables cartografías tradicionales –sean añejas o modernas–, y se enfrenta a la quiebra de lo dado por garantizado, fenómeno que halla su más nítido ejemplo en la actual demolición del Estado del Bienestar y de su acervo de provisiones y derechos.
          La colosal mutación en curso está poniendo patas arriba el statu quo que cuajó tras la Segunda Guerra Mundial, y sus derivas de fondo –económicas, políticas, tecnológicas, ideológicas– están precipitando convulsiones que la ciudadanía encara con manifiesto desnorte y desasosiego.  A la fractura de su confianza en las instituciones y procederes vigentes, palpable en su creciente inhibición respecto de la res pública y en el deterioro de la praxis democrática, se agrega lo que Richard Sennet ha llamado corrosión del carácter, un debilitamiento psíquico y moral alentado por la precariedad laboral, cívica y legal en que se desenvuelve su existencia, abrumada por múltiples amenazas. Sólo en parte superados o mitigados por la ciencia y sus frutos, los sempiternos miedos –a la desolación y la enfermedad, a la muerte y la indefensión– hallan hoy renovadas causas y fuentes, inducidas por un neocapitalismo depredador que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias, y que tiende a hacer de cada cual una simple biela de ese complejo global de dominio sobre los tiempos y los territorios, las mentes y los cuerpos que Toni Negri y Michael Hardt han dado en llamar imperio.
          Cierto es que a los seres humanos siempre nos aqueja un miedo basal, derivado de la finitud y la contingencia, la necesidad y la escasez que nos son propias. Y que inevitablemente devanamos un presente incierto, un ahora sucesivo cuyas ausencias debemos poblar a cualquier trance: las del pasado que sin remedio se fue, retejido en un a menudo engañoso encaje de memoria y olvido; y sobre todo las del futuro, que es entera incerteza. De ahí que sin cesar recurramos a un variopinto abanico de simbolismos, movidos por la esperanza de conjurar las turbaciones que suscita nuestra condición indigente y ambigua. Navegantes en la bruma, somos animales simbólicos, según la feliz expresión de Ernst Cassirer, y sólo mediante las distintas formas de simbolización –el lenguaje y el mito, la religión y el arte, la ciencia y el rito– colmamos de plausible sentido las carencias que nos constituyen.
          También es verdad, no obstante, que los muchos semblantes que en cada época adopta el miedo consienten sofisticadas manipulaciones de los poderes genuinos, llámense terrenales o espirituales. Y que su promoción y gestión –modelando la memoria y la imaginación– son objeto de atención prioritaria por parte de las instituciones y dispositivos que detentan lo que Foucault llamó biopoder, un sutil e insidioso sistema de dominio que aspira a regular todos los estratos y magnitudes de la vida pública, privada e incluso íntima: desde los grandes flujos dinerarios hasta los lances y trances del escenario partidista; desde los discursos e imaginarios que propalan los media hasta los modos supuestamente singulares en que los sujetos cultivan sus opciones y estilos, el vidrioso aunque crucial ámbito de la identidad y la libertad mismas.
          El miedo no es hoy sólo, pues, un rasgo cardinal de la especie, sino una auténtica industria que rinde pingües beneficios a los verdaderos y cada vez más impunes rectores del mundo, ésos que –como el amo de El castillo de Kafka  manejan los hilos de la seductora teatrocracia desde sus cuasi inaccesibles bambalinas, amparados por la degradación ética y pedagógica, la mojiganga partidista y la complicidad de demasiados ciudadanos. Las agencias e instancias que de consuno sostienen el espectacular, estetizado y risueño imperio global son proclives a fomentar temores cuyo alcance y hondura suelen rebasar las realidades que los inspiran –así la xenofobia o el manoseado terrorismo–, y también a inventar aprensiones basadas en muy rentables falacias –así las que sacralizan las identidades, demonizan la alteridad o rinden culto estulto al cuerpo.  Simbolismos de la amenaza, en suma, que hoy hacen de la continua apelación a los quiméricos “mercados su espantajo más falaz y letal: un ubicuo, omnisciente fantasma carente de responsabilidad y faz, mistérico oráculo capaz de regir los destinos comunes sin atenerse a principio alguno ni rendir cuentas a nadie. Iglesias, estados, corporaciones y poderes fácticos de todo pelaje hacen del miedo un formidable negocio, y de sus abundantes réditos, un temible, avasallador subterfugio para lograr la anuencia o el acatamiento de las amedrentadas mayorías, una diabólica arma de sumisión en tiempos de ceguera y crisis.



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1 comentario:

  1. Y que hay de "los héroes de lo mínimo"? Lo traté en un trabajo de "cultura de masas" denominado "la cultura psi". Eva (Granada)

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